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Un mismo lugar, diferentes historias

  • Foto del escritor: María Juvenal
    María Juvenal
  • 14 mar 2020
  • 8 Min. de lectura

Hace calor. El intenso sol calienta el techo de chapa de la mayoría de los asentamientos y los 27 grados se van sintiendo cada vez más. Pero nada de esto le preocupa a aquel grupo de chicos que corre detrás de la pelota como si fuera un monumental trofeo que hay que ganar a toda costa. Se tropiezan, se ríen, se les escapa alguna que otra mala palabra, sin embargo no dejan de prestar atención al tan preciado objetivo. Nada parece imposible, se sienten Messi, son Messi. De repente, se escucha un "GOOOOOOL" y empiezan los bailes y las muecas contra el equipo perdedor. Cerca de ellos, las chicas saltan la soga mientras que sus zapatillas de brillos y estridentes colores se vuelven una mancha a la distancia.


A solo una hora de Capital se encuentra el Centro Educativo Comunitario Marista de Escobar ubicado dentro de la comunidad del Barrio Los Ombúes. El lugar cuenta con apoyo escolar que ofrece enseñar a niños desde los seis hasta los ocho años y entre nueve y catorce. Ambos se dividen en dos ciclos y pueden optar por el turno de la mañana o el de la tarde. Asisten en total 100 chicos que provienen de doce escuelas diferentes. Lamentablemente, varios de ellos son testigos o protagonistas de situaciones de abandono y violencia que se convirtieron en escenas que ya forman parte de la cotidianidad del barrio y de sus vidas.


Todas las tardes, Oscar espera parado en la puerta del aula a que lleguen sus alumnos antes de arrancar la clase. Su pelo invadido por canas delatan una edad que supera los 50 y su voz pasiva y calma dejan en claro que es una persona paciente y tranquila. Hace doce años que trabaja en el centro y dice que las cosas están mejor que antes.


"Después de varias idas y vueltas se promovió un plan para acompañar a los chicos que viven en contextos problemáticos. El docente detecta la problemática, ya sea preguntando al niño, a sus pares, haciendo visitas a los hogares o convocando a los padres. También se cuenta con el apoyo de un equipo de profesionales, desde psicólogos hasta asistentes sociales. Si la problemática excede nuestras posibilidades, acudimos al Servicio Local de Promoción y Protección de Derechos u otros organismos provinciales”, cuenta detalladamente Oscar que fue uno de los que apoyó el proyecto.



Es la hora de la merienda y una avalancha de chicos se dirige al comedor para ocupar un lugar en la mesa. Siempre antes de comenzar a comer bendicen los alimentos, un ritual que ya se volvió costumbre. En medio de las charlas y los chistes, los niños aguardan ansiosos el dulce de leche para untar el pan. En cada una de las mesas, hay uno que se encarga de servir la leche chocolatada y otros son elegidos para limpiar cuando todos terminan de merendar.


-Más allá de la educación del niño, creemos que lo más importante es su formación ética. A nivel institucional se trabaja en acciones solidarias como colectas. Otro nivel de solidaridad trabajado es el proyecto solidario, donde se detecta una necesidad particular y se organiza un proyecto en base a ella. Nos preguntamos qué se quiere hacer, para qué, dónde, cuándo, para quiénes, con quiénes, con qué recursos y si tendrá o no continuidad.


Dentro del aula buscan elevar el nivel de solidaridad introduciendo el servicio entre pares, ya sea ayudándose a leer un texto, en la tarea escolar, en fin, acompañando al otro en una necesidad sin esperar recompensa alguna.


La definición de solidaridad con la cual trabaja Oscar es la que da Juan Pablo II: “La solidaridad no es un sentimiento superficial, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, es decir, el bien de todos y cada uno para que todos seamos realmente responsables de todos”. En mí opinión, es como un estado de empatía que nos mueve a actuar acompañando a nuestro hermano - así explica Oscar la manera en la que trabajan con los alumnos el pilar de la solidaridad que a través de los años se volvió un factor fundamental para el desarrollo del centro.


El crack de la computación


Lejos de la muchedumbre de los niños, atrás de la reja está sentado Daniel. Saluda con un poco de vergüenza y baja la cabeza. Lleva puesto un buzo gris que le hizo su mamá y un gorrito negro que oculta su abundante y larga cabellera. Tiene 14 y empezó este año un taller de reparación de computadoras y actualmente estudia en la Escuela Técnica Nº5.


- Entro a la 1 de la tarde y salgo a las 5.30 y tenemos talleres. Como no queda dentro del barrio me tengo que tomar el colectivo hasta allá. Voy con un amigo que conocí acá en el centro, su papá trabaja con el mío limpiando la escuela.


Fanático de los videojuegos, una vez que deje la escuela planea estudiar electrónica y armar parlantes y equipos de música. Confiesa que le cuesta estudiar porque no se concentra del todo. En sus ratos libres se junta con sus amigos, la mayoría son del barrio, y juega a la computadora, un pasatiempo que para él nunca puede faltar.


Tiene dos hermanos, uno de 7 y otro de 11, que siguen yendo al centro. Tres años atrás, él y sus padres habían salido de la casa a visitar a unos amigos. Pero lo que comenzó como una alegre visita termino en una espantosa tragedia: su hermanita de apenas dos años se había ahogado en la pileta. Daniel se queda callado por un momento y luego dice entre susurros, "mamá no lo acepta, habla de ella como si todavía estuviera con nosotros, la extrañamos".




Hasta el más payaso merece un poco de amor


Lucas tiene 9 años y asiste al apoyo todos los días. Es el típico nene simpático de la clase que con sus comentarios hace que todos se desplomen de la risa. Con sus cachetes inflados y su cálida sonrisa es imposible que no te conquiste una vez que lo conocés. Sus ojos inocentes miran para todos lados como si estuviera en busca de algo que hace rato no encuentra. Es de Boca, su ídolo indiscutido es Carlitos y como los chicos de su edad quiere jugar en un equipo de fútbol cuando sea grande.


Vive con su papá, su hermano de 7 años y con su abuela en un cuarto que apenas entran los tres. Tiene una hermana, pero no vive con ellos, es más no sabe nada sobre ella. Tampoco de su mamá.


Detrás de esa apariencia alegre y payasesca, se oculta la historia de un niño que sufrió desde pequeño. En el apoyo escolar no tiene amigos, solo se lleva bien con un chico de su misma edad.”Mi mamá me dejó a los tres meses. Viene a veces acá, a las casas de sus amigas, pero no la veo nunca, no nos viene a visitar", confiesa Lucas, sus ojos se apagan, se vuelven tristes y pierdan esa luz que los caracterizaban al principio de la charla.


Un acordeón, una iglesia y una familia numerosa


-¿Tenés cosquillas? -pregunta Benjamín dispuesto a empezar una guerra que no tiene fin.


Está en cuarto grado y a diferencia de sus compañeros de clase a él no le gusta jugar al fútbol, prefiere lo artístico. Viene al apoyo desde primer grado y a partir de tercer grado empezó a venir a la tarde al grupo de Oscar. En su casa conviven sus tres hermanos, su abuela y sus papás. Ayer su tía se instaló con ellos ya que está peleada con su abuela y se tuvo que mudar. Junto con ella se sumaron sus dos hijos recién nacidos que despiertan los celos de su hermana más pequeña.


-Yo quiero tocar el acordeón, mi abuela me prometió que cuando termine de pagar las cuentas me va a regalar uno. Una amiga más grande que veo en la Iglesia me enseñó. Es una Iglesia evangélica, yo tocó el güiro que es como un rallador, voy los sábados y los miércoles. Ahora a ella se le rompió el acordeón y canta. Mamá no me puede acompañar porque se tiene que quedar a trabajar por eso ahora estoy yendo solo.




Una cuestión de color


Antes del apoyo escolar, Micaela estudiaba en su casa y estaba en lista de espera. No había espacio, el cupo ya había alcanzado el máximo de alumnos y fue recién el año pasado cuando pudo entrar.


-¿Te hiciste amigos?


-Amigas. No me siento bien con los chicos -responde algo incómoda -me cargan...Pero ya estoy acostumbrada de la escuela y no me interesa lo que me digan.


-¿No le dijiste a tus papás o a tus profesores?


-No me animaba, tenía miedo que me hicieran algo. En clase me molestaban mucho por mi color de piel, me dejaban de lado o siempre me elegían última para todo. No querían estar conmigo porque era la más negrita del aula. Pero una tarde después de volver del apoyo, mamá me vio llorando porque ese día uno de los chicos me había dicho "chocolate". Le conté todo y ella después le dijo a los profesores. Ahora casi ni me molestan, pero yo sigo sintiendo que ese rechazo todavía está.


Su mamá no trabaja, cuida a sus dos abuelos que están enfermos. "A veces hay problemas con mi abuelo porque sale y se manda cagadas, pierde siempre las cosas". Ambos viven con ellas y con sus dos tíos que son el sostén económico de la familia, ella trabaja en un restaurant y su tío se encarga del mantenimiento de un edificio. Se turnan para cocinar aunque ella confiesa, como si se tratara de un gran secreto, que prefiere que cocine su tía porque a su mamá "se le queman todas las cosas".


La violencia, algo de todos los días


-A Sofía le gusta Tomás -dice Mili entre carcajadas.


-¡Mentira! -contesta Sofía enojada -¡No escribas eso!


Con apenas 11 años cumplidos, Sofía vivió cosas que nadie se podría llegar a imaginar. Proveniente de una familia de varios hermanos, vive con ellos, con su mamá y su padrastro. Su hermano mayor de 13 años está en la casa de su abuela, no se quiere inscribir en el colegio. "Mamá quiere que vaya a la misma escuela que yo así vive con nosotros, ella tiene miedo que le pase algo porque tiene que cruzar un montón de rutas para llegar allá, es el único más grande que la ayuda conmigo. Nos turnamos para cuidar a nuestros hermanos. Yo la ayudo a vender las cosas en la feria, él cuida y limpia". Como sus primos venían al apoyo, su mamá la anotó para que no estuviera callejeando después del colegio.


-El otro día casi me pegan. Fuimos a comprar con mi amiga figuritas de Soy Luna y tres chicas grandes nos querían golpear. A ella la empujaron cuatro veces contra su bici y la agarraron de los pelos, ahora está toda morada. Yo me pude escapar -cuenta como si fuera un episodio que un niño de su edad vive diariamente.


Sofía no lo quiere a su padrastro, "es re malo, nos trata mal", dice mientras frunce el entrecejo. "Mi mamá y él siempre se pelean, yo me escondo abajo de la cama o a veces le tiro cosas para que no la lastime. Tiene la mano pesada y te pega fuerte. Mi abuela dijo que lo iba a denunciar y lo iba a llevar a la comisaría, con una denuncia más ya va preso, no lo sueltan más. Cuando vivíamos al lado de su mamá, siempre volvía borracho a casa y se ponía violento. Ahora ya no toma más. Mi mamá lo amenazó y le dijo que si nos tocaba un pelo iba a ir directamente preso".


A pesar de estar en sexto grado y llegar con toda la furia al 1,50 m, Sofía ya tiene toda su vida planeada. Quiere ser niñera y formar una familia, una nena y un varón. Se va a anotar en un trabajo así puede ganar plata para sacar a pasear a sus hijos por todos lados.


También piensa contratar a una niñera para que los cuide y más adelante comprar un auto. No obstante, su tía estuvo lejos de poder cumplir ese estilo de vida en la cual todo es color de rosas."Mi tía iba a tener una hija, pero falleció porque el marido le pegaba piñas en la panza y cuando fue al hospital nació muerta. Pero nadie sabe nada, ella no quiere que se sepa nada, no se quiere acordar".

 
 
 

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